1. Introducción¶
La pandemia de COVID-19 representó uno de los mayores desafíos sanitarios, económicos y sociales de la historia reciente. Su irrupción generó lo que Beck (2016) denomina un riesgo global: un evento que “trasciende fronteras nacionales, temporales y disciplinares, afectando de manera simultánea a los sistemas ecológicos, económicos y políticos del mundo contemporáneo” (p. 8). En este sentido, la crisis del COVID-19 no fue únicamente un fenómeno viral, sino una crisis estructural del modelo de desarrollo global, revelando las interdependencias entre la salud pública, la producción y la cohesión social.
En Argentina, los impactos fueron multidimensionales y profundamente desiguales. La pandemia expuso las vulnerabilidades preexistentes de una economía con altos niveles de informalidad y desigualdad estructural, así como la fragmentación del sistema de salud entre los sectores público, privado y de seguridad social. La heterogeneidad territorial resultó determinante: las provincias con mayor capacidad institucional y redes comunitarias, como Córdoba, mostraron mayor resiliencia, mientras que otras regiones padecieron retrasos en infraestructura sanitaria, conectividad y políticas de apoyo social.
Desde el punto de vista sanitario, el COVID-19 dejó en evidencia que la salud no puede reducirse a una variable biomédica, sino que debe entenderse como un fenómeno social. Como señaló Rudolf Virchow (1848), “la medicina es una ciencia social, y la política no es sino medicina en una escala mayor” (p. 7). Este principio, reafirmado por la teoría ecosocial de Nancy Krieger (2005), sostiene que “nuestros cuerpos vivos cuentan historias sobre nuestras vidas, seamos o no conscientes de ellas” (p. 350). En consecuencia, las desigualdades sociales y económicas se encarnan literalmente en los cuerpos, produciendo patrones diferenciales de morbilidad y mortalidad.
El enfoque de los determinantes sociales de la salud (Phelan & Link, 1995; Marmot, 2015) ofrece una lente crucial para comprender el impacto desigual de la pandemia. Como afirma Marmot (2015), “la inequidad en salud no es inevitable; surge de las condiciones sociales en que las personas nacen, crecen, viven, trabajan y envejecen” (p. 19). Estas condiciones, moduladas por el contexto económico, político y cultural, explican por qué los efectos del COVID-19 fueron más severos entre los grupos vulnerables y los trabajadores informales.
En el plano económico, la pandemia generó una contracción histórica del Producto Interno Bruto argentino, del −9,9 % en 2020 (Banco Mundial, 2025). Las políticas de emergencia —como el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) y el Programa de Asistencia al Trabajo y la Producción (ATP)— lograron contener parcialmente la caída del ingreso y del empleo formal, pero no modificaron la estructura productiva ni las brechas de desigualdad. Joseph Stiglitz (2021) advierte que “una crisis como la pandemia pone de relieve no solo la fragilidad de los mercados, sino la necesidad de fortalecer el Estado de bienestar y la inversión social” (p. 112).
Desde la teoría económica, este debate se sitúa entre dos paradigmas: la salud como inversión social y la salud como capital humano. El primero, representado por autores como Stiglitz (2015) y la CEPAL (2022), entiende la salud como un bien público con retornos sociales en términos de equidad, cohesión y productividad colectiva. El segundo, asociado a Becker (1964/2007), Grossman (1972) y Lucas (1988), la considera un factor de productividad individual: “la salud puede ser vista como una forma de capital humano, duradero y sujeto a depreciación a lo largo del tiempo” (Grossman, 1972, p. 225). Ambos enfoques ofrecen perspectivas complementarias para la pospandemia, especialmente en economías con alta informalidad y desigualdad como la argentina.
La pandemia también reactivó el debate sobre el papel del Estado y el mercado. Amartya Sen (1999) subraya que “el desarrollo debe entenderse como un proceso de expansión de las libertades reales que disfrutan las personas” (p. 3), lo que incluye el acceso universal a la salud y la educación. En la misma línea, Kate Raworth (2017) propone la metáfora de la “economía del donut”, que combina bienestar humano con sostenibilidad planetaria. Estas visiones convergen con el planteo de la CEPAL (2022) acerca de la necesidad de “un nuevo pacto social para la igualdad y la sostenibilidad en América Latina” (p. 14), destacando la inversión sanitaria y educativa como pilares de desarrollo.
En el caso argentino, la provincia de Córdoba ofrece un ejemplo relevante de articulación territorial y resiliencia institucional. Su estructura económica diversificada —industrial, agropecuaria y de servicios— y la presencia de un robusto sistema universitario (UNRC, UNC) permitieron respuestas rápidas y coordinadas. En la región de Río Cuarto, la cooperación entre el Hospital Regional, la Universidad Nacional de Río Cuarto y el Municipio constituyó un modelo de gobernanza territorial y aprendizaje institucional. Como documenta UniRío Editora (2022), esta articulación permitió fortalecer la capacidad diagnóstica local, gestionar recursos hospitalarios y consolidar redes de vigilancia epidemiológica comunitaria.
En síntesis, la pandemia de COVID-19 debe entenderse como una crisis multidimensional, donde los dominios sanitario, económico y social interactúan de forma coproducida. Su análisis requiere superar los límites disciplinarios tradicionales y adoptar enfoques integrados, capaces de articular economía política, salud pública y sociología del riesgo. Como plantea Beck (2016), “el mundo del riesgo global demanda nuevas formas de conocimiento y cooperación” (p. 23). En esa línea, este artículo propone una lectura territorialmente situada de los impactos de la pandemia, con especial atención a Córdoba y Río Cuarto, entendiendo que la densidad institucional y el capital social local son activos estratégicos para la resiliencia colectiva.
Referencias (APA 7ª edición)¶
Banco Mundial. (2025). GDP growth (annual %) – Argentina (NY.GDP.MKTP.KD.ZG). https://data.worldbank.org/indicator/NY.GDP.MKTP.KD.ZG?locations=AR
Beck, U. (2016). La sociedad del riesgo global. Paidós.
Becker, G. S. (1964/2007). Human Capital: A Theoretical and Empirical Analysis, with Special Reference to Education. University of Chicago Press.
CEPAL. (2022). Panorama Social de América Latina y el Caribe 2022. Comisión Económica para América Latina y el Caribe. https://www.cepal.org/
Grossman, M. (1972). On the Concept of Health Capital and the Demand for Health. Journal of Political Economy, 80(2), 223–255.
Krieger, N. (2005). Embodiment: A conceptual glossary for epidemiology. Journal of Epidemiology & Community Health, 59(5), 350–355.
Lucas, R. E. (1988). On the Mechanics of Economic Development. Journal of Monetary Economics, 22(1), 3–42.
Marmot, M. (2015). The Health Gap: The Challenge of an Unequal World. Bloomsbury.
Phelan, J. C., & Link, B. G. (1995). Social conditions as fundamental causes of disease. Journal of Health and Social Behavior, 35(Extra Issue), 80–94.
Piketty, T. (2014). El capital en el siglo XXI. Fondo de Cultura Económica.
Raworth, K. (2017). Doughnut Economics: Seven Ways to Think Like a 21st-Century Economist. Random House.
Sen, A. (1999). Development as Freedom. Oxford University Press.
Stiglitz, J. E. (2015). The Great Divide: Unequal Societies and What We Can Do About Them. W. W. Norton & Company.
Stiglitz, J. E. (2021). The pandemic and inequality. Columbia University Press.
UniRío Editora / UNRC. (2022). Impactos locales de la pandemia: Gran Río Cuarto. Universidad Nacional de Río Cuarto.
Virchow, R. (1848). Report on the Typhus Epidemic in Upper Silesia.